miércoles, 26 de octubre de 2016

JUAN RAMÓN: SESENTA AÑOS DE SU NÓBEL

VICENTE PARRA ROLDÁN
Se cumplen hoy miércoles, 26 de octubre, sesenta años de la concesión del Premio Nóbel de Literatura al poeta moguereño Juan Ramón Jiménez, un hombre que supo narrar la vida de su pueblo a través de un pequeño animal al que llamó Platero.

En su amplia biografía, Juan Ramón también se acercó al planeta taurino y, así, dedicó el capítulo LXX de su universal obra “Platero y yo” al mundo de los toros, narrando cómo se desarrollaba una jornada de corrida en su Moguer.

Para recordar las efemérides, bueno es recordar lo que dijo el poeta universal. Decía así el incomparable poeta comprovinciano:
“¿A que no sabes, Platero, a qué venían esos niños? A ver si yo les dejaba que te llevasen para pedir contigo la llave en los toros de esta tarde. Pero no te apures tú. Ya les he dicho que no lo piensen siquiera...

¡Venían locos, Platero! Todo el pueblo está conmovido con la corrida. La banda toca desde el alba, rota ya y desentonada, ante las tabernas; van y vienen coches y caballos calle Nueva arriba, calle Nueva abajo. Ahí detrás, en la calleja, están preparando el Canario, ese coche amarillo que les gusta tanto a los niños, para la cuadrilla. Los patios quedan sin flores, para las presidentas. Da pena ver a los muchachos andando torpemente por las calles con sus sombreros anchos, sus blusas, su puro, oliendo a cuadra y a aguardiente...

A eso de las dos, Platero, en ese instante de soledad con sol, en ese hueco claro del día, mientras diestros y presidentas se están vistiendo, tú y yo saldremos por la puerta falsa y nos iremos por la calleja al campo, como el año pasado...


¡Qué hermoso el campo en estos días de fiesta en que todos lo abandonan! Apenas si en un majuelo, en una huerta, un viejecito se inclina sobre el cepa agria, sobre el regato puro... A lo lejos sube sobre el pueblo, como una corona chocarrera, el redondo vocerío, las palmas, la música de la plaza de toros, que se pierden a medida que uno se va, sereno, hacia la mar... Y el alma, Platero, se siente reina verdadera de lo que posee por virtud de su sentimiento, del cuerpo grande y sano de la naturaleza que, respetado, da a quien lo merece el espectáculo sumiso de su hermosura resplandeciente y eterna.”