lunes, 19 de enero de 2015

'EL TOREO Y SU ÉTICA (y IV)', por Santi Ortiz

"... hemos querido adentrarnos en la parcela de la Ciencia, para comprobar una vez más la singularidad –ahora fisiológica– del toro de lidia y cómo su sufrimiento de “guerrero”, de luchador, de combatiente, en nada se parece al del animal indefenso puramente paciente...

Mucho más elocuente sería afirmar, como hacía Ortega  y Gasset, que “el mayor y más moral homenaje que podemos tributar en ciertas ocasiones a ciertos animales puede ser matarlos con ciertas mesuras y ritos”

EL TOREO Y SU ÉTICA (y IV)
                          

     La valoración que de la muerte del toro en la plaza hace el animalismo o la taurofobia se opone radicalmente a la que mostrábamos en el artículo anterior. Consecuencia forzosa de los principios en que ambas se asientan –que ya discutiremos en su momento–, parece lógico que así sea. Sin embargo, debemos reconocer que un número significativo de personas que no militan en ninguna de estas dos banderías se inclinan por rechazar la muerte del animal.

     Cierto es que la asimetría informativa que, tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación vuelca la balanza en favor de las tesis contrarias al toreo –mientras que las protaurinas, salvo excepciones como la de este foro, quedan confinadas al gueto de la prensa especializada–, favorece este hecho, pero dicha realidad no nos sirve para explicar del todo el repudio que en los últimos años ha venido experimentando de forma creciente la muerte pública del toro y, de rebote, las mismas corridas. Existen otros factores, extendidos más allá del ámbito taurino, que vienen a incidir en este mismo rechazo. Uno
es el tema de la muerte y otro –parcialmente tratado anteriormente aquí–, el de nuestra relación con los animales. Podríamos hablar de un tercero, que es el que enfrenta los valores del toreo con los que acepta y asume nuestra sociedad actual; pero este interesante y clarificador asunto nos llevaría a traspasar las fronteras del tema que aquí nos ocupa –el de la muerte del toro–, por lo que aplazaremos su análisis para más adelante.

     Expongamos en primer lugar cómo se ve la lidia y muerte del toro desde el punto de vista de animalistas y antitaurinos, que, aunque no son la misma cosa, coinciden en cuanto a considerar al toro como una “víctima” de la “barbarie” humana.

     De partida, deberíamos sustituir el verbo “ver” por el de “imaginar”, pues, a diferencia de antitaurinos como Eugenio Noel, que sí asistía a las corridas, los animalistas y taurófobos actuales no van nunca a la plaza, luego difícilmente podrán “ver” nada que ocurra en la lidia o que ataña a la muerte del toro. El asunto no es nada baladí, pues su negativa a adquirir esta experiencia hace que la realidad del toreo sea para ellos una interpretación, no el fruto de una mirada. Ello les permite imaginar al toro como un ser sufriente; esto es: un ser que sufre. Y nunca como un ser que lucha. El papel que para el taurófobo tiene el toro en la corrida es el de sujeto pasivo sobre el que recae la acción maltratadora a través de un complemento agente que, en este caso, son los toreros. El toro como sujeto activo que ataca, embiste y se defiende queda erradicado de la interpretación antitaurina. De este modo, la corrida pasa a convertirse para su imaginario en un espectáculo cruel donde unos desalmados se divierten martirizando a un animal indefenso.

     La identificación del toro como sujeto paciente y del torero como elemento maltratador hace saltar en el antitaurino –sea animalista o no– el mecanismo de los sentimientos provocando una inclinación afectiva de piedad hacia el toro y un odio mortal hacia el torero; aversión que hace extensiva a los espectadores de las corridas, a quienes identifican con seres insensibles o, peor aún, con psicópatas y sádicos que gozan de las crueldades que se practican con el pobre animal.

     Evidentemente, tales identificaciones y tal interpretación de la corrida serían difícilmente sostenibles para cualquiera que se atreviera a asistir a una de ellas y contemplara lo que ocurre en el ruedo, captara las distintas respuestas y manifestaciones del público en general y oyera los comentarios y demandas de las personas que tenga alrededor de su asiento. Le sería imposible seguir identificando al toro con un ser meramente sufriente, pues observaría que es un luchador. Tampoco vería en el público una sola muestra de sadismo o de regocijo por el sufrimiento del animal, antes al contrario, captaría –si el comportamiento bravo del toro así lo demandara– una sincera admiración. Y si su sensibilidad no está bloqueada por los prejuicios, sentiría el esfuerzo del torero por crear belleza, por lograr esa concatenación de formas evanescentes donde la armonía y el ritmo esparcen la inconfundible fragancia del acontecimiento artístico.

     Téngase en cuenta que lo que el torero expresa está pensado desde el ruedo, en la cercanía de las astas, y lo que el aficionado sostiene lo ha aprendido desde el tendido. Es por tanto dentro de la plaza donde deberá situarse cualquiera que pretenda entender la fiesta de los toros. Además, las cosas se miran con los ojos del conocimiento, por eso resulta tan difícil hacer comprender a quienes jamás han visto una corrida de toros lo que apreciamos en ella los aficionados.

     Todo eso está muy bien –dirá el antitaurino–, pero el que acuda a la plaza también verá cómo se hiere al toro con la puya y con las banderillas y cómo al final se le mata; esto es: al toro se le hace sufrir y eso no es de recibo. Sin embargo –habrá que responder–, aunque las heridas existen y el final previsto es la muerte del toro, todo lo cambian dos circunstancias: una es que en ningún momento la finalidad es hacer sufrir al toro, y la otra, que el toro es herido y muerto en el transcurso de una mezcla de ritual y combate.

     La suerte de varas está concebida como una prueba de bravura para el toro. Se trata en ella de ver la reacción de la bravura ante el estímulo represivo de la puya. Y es precisamente la condición de bravo la que hace al toro acudir reiteradamente allí donde se le produce daño y no salir huyendo para no volver más a pelear con el picador y su caballo. Sirve además para hacerle sangrar y evitar que un exceso de irascibilidad lo congestione. Por último, cabe decir que tiene también una misión correctora de cara al desarrollo de la lidia. Al toro que tiene tendencia a no humillar y a embestir con la cara alta, se le pica delantero para quitarle ese defecto; igual que al que presenta la tendencia de meter la cara entre las manos defendiéndose, se le pica trasero para levantarle la cabeza. Y otra cosa que no puede olvidarse: al toro se le mide el castigo, so pena de volver al público en contra del picador y su jefe de filas. No se trata pues de acabar con el astado en el caballo; se trata de cumplir con la suerte de varas dejando a la res con la fuerza y el empuje suficientes para pueda seguir embistiendo con casta contribuyendo a que el torero emocione con la muleta.

     El tercio de banderillas está ideado para que el toro recupere la “alegría” de embestir después de haber luchado contra ese muro formidable que representan para él el caballo con peto y el picador. Todo es ahora más dinámico, más ágil, pues es un hombre a cuerpo limpio quien en su carrera parece huir de él, aunque no lo haga. Gráficamente, a las banderillas suelen llamárseles “avivadores” por el efecto estimulador y activador que tienen en el toro. También este tercio tiene su sentido dentro de la lidia pues permite ver al torero cómo llega el toro a la muleta; esto es: las características de su embestida por uno u otro pitón, pues, como sabe cualquier aficionado, los toros no embisten de la misma forma por ambos pitones.

     De la muerte del toro desde el punto de vista taurino ya todo quedó dicho en el artículo anterior, por lo que no cabe repetirlo. Así que, en síntesis, como hemos podido apreciar, en los tres momentos en que se hiere al toro –suertes de varas, de banderillas y estocada– está éste peleando, bien contra el caballo, bien persiguiendo al banderillero que lo cita a cuerpo limpio, bien tratando de matar al torero que lo mata. Las heridas las sufre en combate, no como pasivo ser sufriente.

     Sí, pero el toro sufre –insistirá el antitaurino–; de acuerdo, diremos nosotros, y el torero, y el público, y la vida, o acaso la vida no está íntimamente ligada al sufrimiento. Identificar, como hace el hedonismo, el sufrimiento con el mal absoluto no sólo es un error gravísimo, sino la muestra de una radical ignorancia; esto es: no haberse enterado de que el gozo y el sufrimiento componen una unidad dialéctica inseparable. Como la noche y el día. Como la vida y la muerte. Tan absurdo sería pensar en una muerte sin vida, como en una vida sin muerte. Del mismo modo, no hay sufrimiento sin gozo ni gozo sin sufrimiento. Querer prescindir del sufrimiento es renunciar ineludiblemente al placer.

     Por otra parte, todo animal que habite libremente en su medio natural –con lo que excluyo a esa degeneración de la animalidad que son las mascotas– antepone la adaptación al entorno, la lucha por la supervivencia, a evitar a cualquier precio el dolor o el sufrimiento; es más, el sufrimiento le es necesario como elemento defensivo fundamental. Repárese en que el animal está siempre atento a lo que le llega del entorno. Su alerta es constante y su inquietud perpetua, presto a oír, mirar u oler las señales que del medio le vienen en forma de peligro o de apetito. A diferencia del hombre –que tiene un sitio en el que refugiarse fuera del mundo: metiéndose en sí mismo: ensimismándose–, el animal no vive desde sí mismo, sino sometido a lo otro, a lo que está fuera de él. Y teniendo en cuenta de que el término otro proviene del latino alter, podemos decir que el animal vive siempre alterado; alteración perenne que ha de suponerle una tensión perpetua y un continuo sufrimiento. Sufrimiento a todas luces necesario para su supervivencia, pues sin esa tensión, sin ese sufrimiento, poco tendría que hacer ante la incertidumbre del entorno.

     Yo no voy a negar que el toro sufra durante la lidia, pero sí he de defender que la tensión de la lucha mitigue o incluso llegue a anular momentáneamente dicho sufrimiento. Fiel al método que viene presidiendo y habrá de presidir todo mi discurso, argumentaré dicha defensa utilizando dos vías diferentes. La primera extrapolará al toro un fenómeno que cualquier humano considerará de ocurrencia factible. De nuevo he de citar al ganadero Fernando Cuadri, pues a él le escuché la suposición. Imagínense que somos presa de un insufrible dolor de muelas; un dolor tan insoportable que nos impide centrarnos en cualquier otra cosa que no sea su padecimiento. Desesperados, decidimos acudir al dentista sin pérdida de tiempo. Como la consulta queda lejos, tomamos el coche y nos ponemos rápidamente en marcha. Atolondrados por el dolor, sin casi atender al tráfico apenas, al girar en una esquina vemos con horror que, de improviso, se nos cruza un niño y lo atropellamos sin poder evitarlo. Aterrados, salimos del auto para ver qué le hemos hecho. Y entre el espanto que nos produce la situación no podemos dejar de reparar en algo extraordinario: nuestro insufrible dolor de muelas ha desaparecido. El shock que nos produce el accidente ha activado los mecanismos de defensa de nuestro sistema nervioso central y el sistema endocrino y ha bloqueado totalmente la sensación de dolor que antes nos martirizaba. ¿Por qué al toro no puede ocurrirle algo parecido bajo el estrés de un combate en el que le va la vida?

     No voy a ser yo quien conteste, sino la Ciencia, que constituye la segunda vía de mi argumentación. El catedrático de Fisiología Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, Juan Carlos Illera, lleva décadas estudiando los mecanismos de respuesta al estrés en el toro de lidia y las modificaciones que dicha respuesta genera en el umbral de dolor de esta raza de reses. Sus trabajos no versan sobre el “sufrimiento” del toro: ni el sufrimiento ni la  alegría ni la simpatía son magnitudes, por lo que no se pueden medir y, en consecuencia, no son objetos de estudio científico. Sus investigaciones versan sobre el estrés y el dolor, que sí pueden cuantificarse a través de las cantidades de hormonas emitidas por el sistema endocrino del animal como respuesta a dichas alteraciones. Pese a la complejidad de las técnicas y experimentos realizados en el estudio del profesor Illera, trataré de esbozar de la manera más clara y sucinta el hilo argumental que conduce dicho estudio y los resultados que de él se derivan.

     Todo ser vivo constituye un complejo sistema de órganos y funciones cuyo equilibrio ha de ser mantenido ante cualquier alteración proveniente del exterior o del interior del mismo. Para ello cuenta con ciertos mecanismos compensatorios de control y retroalimentación que entran en funcionamiento cuando algún agente –sea externo o interno, como hemos señalado– altera dicho equilibrio.

     El estrés puede considerarse como una respuesta no específica del organismo ante cualquier demanda que se le imponga, algo así como un instinto del cuerpo para protegerse a sí mismo.

     Como el dolor es un agente estresante –todo dolor causa estrés–, su padecimiento da lugar a una respuesta fisiológica encaminada a restablecer el equilibrio perdido. Esta respuesta llega de la acción conjunta del sistema nervioso central –con la emisión de neurotransmisores– y del sistema endocrino, con su emisión de hormonas. Como los mecanismos de respuesta son similares, pero no iguales, para el estrés en general y el dolor, vamos a ceñirnos a la respuesta del organismo ante un estímulo doloroso.

     Previamente a la descripción, digamos que la respuesta del organismo ante el estímulo doloroso persigue paliar en lo posible el dolor y de la forma más rápida que se pueda. Para lo primero el cuerpo manda al lugar donde el dolor se produce unos analgésicos fabricados por el propio organismo –no hay que ir a buscarlos a la farmacia–, y para lo segundo necesita la mayor cantidad de individuos que puedan transmitir la información para que los analgésicos lleguen cuanto antes a su destino. Dicho esto, veamos lo que pasa.

     Cuando se produce el estímulo doloroso, su señal llega a la corteza cerebral, en la que se produce la liberación de una hormona a partir de la cual se va a generar el aumento de otras dos que constituyen los auténticos analgésicos fabricados en la hipófisis: la beta-endorfina y la meta-encefalina. Ambas son opiáceos que actúan como moderadores del dolor, reduciendo la transmisión y eficacia de los estímulos sensoriales. Señalemos que las endorfinas poseen aproximadamente ochenta veces más potencia analgésica que la morfina. Lo que hacen estas hormonas es ir bloqueando los receptores del dolor, de manera que, cuantas más hormonas se hayan liberado, más receptores quedarán bloqueados, y cuantos más receptores bloqueados queden, menos dolor sentirá el organismo. Además, se da el caso de que esta respuesta se produce con sorprendente rapidez en el toro de lidia.

     Lo que el doctor Illera y su equipo han venido haciendo es medir la cantidad de estas hormonas liberadas en distintas fases de la lidia. Yo daré los resultados cualitativos de la beta-endorfina solamente, pues las otras dos arrojan resultados semejantes. Como la salida al ruedo no produce ningún dolor –salvo el de ponerle la divisa–, en esos momentos se libera muy poca hormona. Sin embargo, cuando se produce la máxima cantidad liberada es tras la puya; en particular, tras el primer puyazo, cuando el toro libera una cantidad de beta-endorfina diez veces superior a la de la mujer en el parto, cuyos dolores se consideran los más intensos y agudos en el ser humano. Después, la liberación de la hormona continúa en las banderillas y tras la estocada, pero ya en menor cantidad que en la puya.

     Con el estrés del toro hicieron lo mismo a través de las cantidades liberadas de otras tres hormonas, que en este caso eran la adrenalina, la noradrenalina y el cortisol, y llegaron a conclusiones sorprendentes. Por ejemplo: el toro se estresa más durante el transporte en el camión que en el ruedo; que se estresa menos en la lidia a la española que en la lidia a la portuguesa, las corridas de rejones y en las de recortadores. Dentro de la lidia a la española, el momento de mayor estrés no es el de la suerte de varas ni las banderillas, es el de la salida al ruedo, donde después de estar encerrado en un lugar oscuro, sale a un sitio lleno de luz y ruido y en el que ningún olor le es característico. Siente el toro que no está en su territorio, que está en territorio desconocido y eso es lo que más le estresa. 

     Si el toro sufre poco estrés durante la lidia y tiene una gran liberación de hormonas frente al dolor, el toro tiene que ser diferente de los otros animales –pensaron los investigadores de Illera–, en particular del resto de los bovinos. Había que localizar dónde se encontraba la diferencia. Compararon las glándulas adrenales, la hipófisis y otros órganos involucrados en estas respuestas y no encontraron diferencias estimables. Entonces, decidieron que esa gran liberación de hormonas y la enorme rapidez de respuesta tenían que provenir de algo que se diera a nivel cerebral. Y ahí buscaron.

     El primer órgano al que llega el estímulo doloroso es el tálamo: estructura neuronal que se encuentra situada en el centro del cerebro. Cuando midieron su tamaño, resultó que el tálamo del toro de lidia era un 20% mayor que el del resto de bovinos, diferencia que entre animales es bastante significativa. Piénsese que si tuviéramos un hígado un 20% más grande, no nos cabría en el organismo.

     Como el tálamo sólo está compuesto de neuronas, a mayor tamaño del tálamo, mayor número de neuronas, y cuantas más neuronas, más rápida será la respuesta. Pese a ser éste un razonamiento totalmente lógico, Illera y su equipo se empeñaron en medir la velocidad de transmisión de la neurona talámica; esto es: cuánto tarda el impulso nervioso en pasar del principio al final de la neurona. Se encontró entonces que, mientras que la velocidad de transmisión en el ganado manso era de 30 metros por segundo y de 35 en los humanos, en el toro de lidia es de 48 metros por segundo. O sea, un 60% más rápido que en el ganado manso. Por tanto, la velocidad de respuesta es muchísimo más rápida en la res de lidia que en cualquier otra. Tanto es así que, con dicha velocidad de respuesta y con las enormes cantidades de hormonas liberadas, el doctor Illera estima que el tiempo que tarda el dolor en desaparecer casi por completo en el toro de lidia gira en torno a los 2 segundos. Esto explicaría su capacidad de volver a la pelea con el picador tras recibir el puyazo, en vez de salir huyendo como lo haría cualquier otro animal salvaje.

     Estas conclusiones están extraídas de un estudio de más de diez años de duración y sobre una muestra de más de cuatro mil toros. Están extraídas de los datos científicos obtenidos de las observaciones. Refutarlas requiere, como mínimo, de otro trabajo de similar rigor y precisión. Negarlo simplemente con objeciones retóricas, como han hecho algunos antitaurinos para conseguir sobre todo dar muestras de supina ignorancia, es inaceptable.

     Pudiera parecer que nos hemos alejado de la ética. No es así, sólo hemos querido adentrarnos en la parcela de la Ciencia, para comprobar una vez más la singularidad –ahora fisiológica– del toro de lidia y cómo su sufrimiento de “guerrero”, de luchador, de combatiente, en nada se parece al del animal indefenso puramente paciente.

     Sostener que la muerte del toro “es horrible” –como grita el antitaurinismo– es  no decir nada. Mucho más elocuente sería afirmar, como hacía Ortega  y Gasset, que “el mayor y más moral homenaje que podemos tributar en ciertas ocasiones a ciertos animales puede ser matarlos con ciertas mesuras y ritos”. Con tal frase cerramos.


     Del toreo frente a la cultura del miedo, hablaremos en la próxima entrega.

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